CONSTITUCIONES DE SANTA CRUZ


"Compartimos contigo, nuestras las reglas de vida, para ayudarte en tu búsqueda sincera al Señor y tu deseo de vivir auténticamente la llamada personal y comunitaria.  Esperamos que por conocer nuestros valores y deseos, puedas vivir mejor tu fe, y si Dios quiere, unir tu vida con la nuestra."



 

CONSTITUCIÓN 1

El Llamado de Dios
 


1.    “Ven y sígueme”.  Fue el Señor Jesús que nos llamaba.

 2.    Éramos ya suyos, puesto que llevábamos el nombre de cristianos.  Ya habíamos sido iniciados en su Iglesia.  Habíamos sido lavados en el bautismo y confirmados en la fe; habíamos sido alimentados con la Eucaristía.  Sin embargo, llegó un momento en el cual el Señor nos llamó a dar un paso más.

 3.  Escuchamos una invitación a entregar nuestras vidas de una manera más explícita.  Era una invitación a servir a todas las gentes, creyentes y no creyentes por igual. Habíamos de servirlas a partir de nuestra propia fe en que el Señor nos había amado, había muerto por nosotros y había resucitado también por nosotros, ofreciéndonos una participación en su vida, una vida más fuerte y perdurable que cualquier pecado o muerte.

 4.          Fue un llamado que nos llegó desde afuera; más también fue un llamado que surgió dentro de nosotros, proveniente de su Espíritu.

 5.          Preguntamos cómo podríamos seguirlo y encontramos muchas huellas en nuestro camino.  Una gran compañía de hombres había pasado por ahí y vivido por sus votos, hombres que habían caminado juntos en pos del Señor. Ellos nos invitaban a seguir sus pasos. Quisimos formar parte de esta familia para compartir su vida y su trabajo.

 6.     Somos la Congregación de Santa Cruz, fundada por Basilio Antonio Moreau.  Somos una comunidad de derecho pontifico: vivimos y trabajamos bajo la aprobación y la autoridad del sucesor de Pedro. Somos una congregación religiosa compuesta de dos sociedades distintas, una de  clérigos y otra de  laicos, unidas en una fraternidad indivisible.  Tenemos un fundador común, una tradición, regla y gobierno comunes, un modo de vida y misión comunes.

7.          Nuestro compromiso invita a nuestros hermanos y hermanas en la fe a responder a su vocación y es para nosotros una manera concreta de trabajar con ellos por la difusión del evangelio y con todas las personas por el desarrollo de una sociedad más justa y humana.

 8.          Quisimos dejarlo todo por seguir a Cristo.  Con el tiempo nos dimos cuenta de que aún había resistencia en nosotros.  Queremos entregarnos sin reservas y, sin embargo, vacilamos.  Con todo, como sabían los primeros discípulos, sabemos que El nos conducirá y que fortalecerá nuestra lealtad, si nos abandonamos a El.


 


CONSTITUCIÓN

La Misión 2

 


9.          Tanto amó Dios al mundo, que envió a su único Hijo para que tengamos vida y la tengamos en abundancia. En la plenitud de los tiempos, el Señor Jesús vino a nosotros, ungido por el Espíritu, a inaugurar un reino de justicia, amor y paz.  Su reinado no había de ser un mero régimen terreno: debía iniciar una nueva creación en todas las naciones.  Su poder se ejercería en el interior y en el exterior, rescatándonos tanto de la injusticia que sufrimos como de la injusticia que infligimos.

 10.       Muchos no han entendido esta buena nueva y muchos la han rechazado. El Señor Jesús fue crucificado. Pero el Padre lo resucitó a la gloria, y Cristo infundió su Espíritu a su pueblo, la Iglesia. Muriendo y resucitando con El en el bautismo, sus seguidores son enviados a continuar su misión, para apresurar la venida del reino.

 11.      El  mismo Espíritu movió al Padre Moreau a fundar la comunidad de Santa Cruz, y en ella hemos respondido al llamado a servir a Cristo.  Sacerdotes y hermanos vivimos y trabajamos unidos. Nuestro mutuo respeto y los trabajos compartidos deberán ser un signo esperanzador del reino, y lo son cuando los demás pueden ser testigos del amor que nos tenemos los unos a los otros.

 12.       Como discípulos de Jesús somos solidarios con todos.  Como ellos, estamos agobiados por las mismas luchas, estamos acosados por las mismas flaquezas; como ellos, somos renovados por el mismo amor del Señor; como ellos, esperamos un mundo donde prevalezcan la justicia y el amor.  Así, dondequiera que la Congregación a través de sus superiores nos envíe, vamos como educadores de la fe a aquellos cuya suerte compartimos.  En todo lugar brindamos a los hombres y mujeres de buena voluntad habitados por la gracia, nuestro apoyo a sus esfuerzos por construir las comunidades del reino venidero.

 13.       Cristo fue ungido para traer la buena nueva a los pobres, liberar a los cautivos, dar vista a los ciegos y sanar a los corazones heridos. Nuestros esfuerzos, que son los del Señor, se dirigen a los afligidos y, de una manera preferente, a los pobres y oprimidos, a quienes venimos no sólo como servidores sino también como sus prójimos, para estar con ellos y ser de ellos.  No se trata de que tomemos partido contra enemigos pecadores; ante el Señor somos todos pecadores y nadie es un enemigo.  Estamos junto a los pobres y afligidos porque sólo desde ese lugar podemos llamar, como lo hizo Jesús, a la conversión y liberación de todos.

 14.       La misión no es simple, porque las pobrezas que queremos aliviar no son simples.  Existen redes de privilegios, de prejuicios y de poder tan comunes, que a menudo ni víctimas ni opresores están conscientes de ellas.  Debemos estar conscientes y esforzarnos por comprender, por la vía de acompañar a los oprimidos y por un paciente aprendizaje.  Para que el reino llegue a este mundo, los discípulos deben tener habilidad para ver y valor para actuar.

 15.       Nuestra preocupación por la dignidad de cada criatura como hijo amado de Dios, dirige nuestra solicitud hacia las víctimas de todos los sufrimientos: prejuicios, hambre, guerra, ignorancia, infidelidad, abusos y catástrofes naturales.

 16.       Para muchos de nosotros en  Santa Cruz,  la misión se expresa en la educación de la juventud en los diferentes niveles escolares: básico, medio y universitario.  Otros realizan su misión de educadores en las parroquias y otras formas de apostolado.  Dondequiera que trabajemos, ayudamos a los demás no solamente a reconocer y desarrollar sus propios dones, sino también a reconocer las aspiraciones más profundas de su vida.  Aquí, como en toda actividad propia de nuestra misión, descubrimos cuánto tenemos que aprender de aquellos a quienes tenemos que enseñar.

 17.       Nuestra misión nos lleva a través de fronteras de todo tipo. A menudo debemos adaptarnos a más de un pueblo o cultura, lo que de nuevo nos recuerda que mientras más entregamos más recibimos.  Nuestra experiencia así ampliada nos permite tanto el aprecio como la crítica de cada cultura, y nos revela que ninguna cultura de este mundo puede constituir nuestro hogar permanente.

 18.       Todos estamos comprometidos en la misión: los que salen a trabajar y aquéllos cuyas labores sostienen la comunidad misma; los que están en la plenitud de sus fuerzas y los impedidos por la enfermedad o la edad avanzada; los que habitan en la compañía de una comunidad local, y los que son enviados a vivir y trabajar solos; los que cumplen sus tareas en la vida activa, y los que están todavía en formación. Todos, como una sola fraternidad, estamos unidos en una respuesta común a la misión del Señor.

 19.     Periódicamente examinamos en qué medida nuestros ministerios concuerdan con nuestra misión. Debemos evaluar la calidad, formas y prioridades de nuestros compromisos, para ver cómo responden a las necesidades actuales de la Iglesia y del mundo.

 20.       Nuestra misión es la del Señor, como lo es la fuerza requerida para ella. Nos volvemos a Él en la oración, para que nos una más firmemente a Sí mismo y use nuestras manos e ingenio para hacer el trabajo que sólo Él puede realizar. Entonces nuestro trabajo mismo se hace oración: diálogo con el Señor que actúa a través de nosotros.

 

 


Constitución 3

La Oración


 

21.    Dios ha infundido su propio Espíritu en nosotros. Hablamos a Dios con los anhelos y las palabras de los hijos a su Padre, por que el espíritu nos ha hecho hijos adoptivos en Cristo. El mismo Espíritu que nos da la energía y el impulso para seguir al Señor y aceptar su misión, nos da también el gusto y las palabras apropiadas para la oración.

 22.       Nuestros pensamientos no son con frecuencia los pensamientos de Dios, ni nuestras voluntades concuerdan fácilmente con su voluntad. Pero, a medida que le escuchamos y conversamos con Él, nos es dado comprenderle y también comprender sus designios. Cuanto más lleguemos a gustar, por la oración, lo que es recto, mejor  encaminada estará nuestra misión a la realidad del reino.

 23.       Oramos con la Iglesia, oramos en comunidad y oramos en soledad. La oración manifiesta una fe atenta al  Señor y en ella cada uno de nosotros lo encuentra personalmente, además de estar en la compañía de otros que lo reconocen como Padre.

 24.       Ante el Señor descubrimos su voluntad por hacer, pedimos que a nadie le falte el pan de cada día, osamos equiparar el perdón que otorgamos con el perdón que recibimos, rogamos no caer en la tentación. Deseamos que su nombre sea alabado, que venga su reino y que seamos fieles servidores de su advenimiento.

 25.     Al igual que los primeros discípulos cansados de velar, encontramos trabajosa la oración. Incluso nuestro ministerio puede presentarse como excusa convincente para justificar nuestras negligencias, porque nuestro compromiso con el reino nos incita a pensar que el trabajo suple a la oración. Pero, sin la oración, vamos a la deriva y nuestro trabajo ya no es para el Señor.  Para servirle en verdad, nos es necesario orar todos los días y no dejar de hacerlo jamás.  El nos bendecirá a su tiempo, aliviará nuestras cargas y colmará nuestra soledad.

 26.       Cuando de veras le servimos fielmente, es nuestro trabajo el que nos lleva a la oración. La abundancia de sus dones, el desaliento que nace de nuestra ingratitud y el clamor de las necesidades del prójimo, todo esto nos reafirma en nuestro compromiso apostólico y no conduce a la oración.

 27.       No puede haber comunidad cristiana que no se reúna en el culto y la oración.  Esto que es verdad de la Iglesia es verdad también de  Santa Cruz.  La Cena del Señor es la principal asamblea de oración de la Iglesia. Partir ese pan y participar de ese cáliz diariamente son deber y necesidad nuestros, a menos de estar impedidos por causa grave.  Allí nos fortalecemos para el camino al cual nos ha enviado el Señor.  Cuando participamos en estameña de comunión por excelencia, verdaderamente nos acercamos unos a otros como hermanos.

 28.       Aunque somos una congregación apostólica con vínculos y responsabilidades que nos unen a otras comunidades del culto, nosotros, los de Santa Cruz, también tenemos la necesidad de orar y rendir culto juntos, con un ritmo regular que debe ser determinado por cada casa local.  Conviene especialmente que nos unamos en las dos horas principales del culto diario de la Iglesia, la oración de la mañana y la de la tarde, y que no reservemos la libertad necesaria para asistir a esos ejercicios. Además de las oraciones formales de la Iglesia, podemos aprovecharnos de sólidas devociones populares, como las dedicadas a la Madre de Dios.

 29.       Las fiestas del año litúrgico nos reúnen a algunos como comunidad, pero para otros significan atender obligaciones en otras partes.  Sin embargo, las fiestas propias de la Congregación debieran darnos a todos la ocasión de orar y celebrar juntos como familia. La principal de estas fiestas en la de nuestra Señora de los Siete Dolores, día para conmemorar en toda la Congregación, puesto que ella es nuestra patrona.  También celebramos las solemnidades del Sagrado Corazón y de San José, respectivas fiestas principales de los sacerdotes y de los hermanos.  Están asimismo las fiestas de los santos que nos precedieron en nuestro propio ciclo de observancias cuando nos reunimos como familia en la ocasión de profesiones, ordenaciones, jubileos y funerales.

 30.       Además de la liturgia que nos convoca como Iglesia y como congregación, está la oración que cada uno debe ofrecer al Padre en el silencio y la soledad.  Contemplamos al Dios vivo, ofreciéndonos a Él para ser  atraídos a su amor, y aprendiendo a hacer nuestro ese mismo amor.  De esta manera entramos en el misterio del Dios que quiso habitar en medio de su pueblo.  Su presencia eucarística es prenda de ello. Así, es especialmente apropiado que recemos en presencia del santísimo Sacramento. Cada uno de nosotros necesita también alimentarse al menos de media hora de oración tranquila al día. Necesitamos a la vez leer asimilar la Sagrada Escritura y leer meditativamente libros espirituales. Los miembros de Santa Cruz leerán regularmente esta Constituciones que son su regla de vida.

 31.    Cada uno de nosotros tiene necesidad de apartarse de sus ocupaciones y preocupaciones anualmente para hacer un retiro de oración y reflexión sin distracciones.  En esa pausa aspiramos a estar atentos solamente a las mociones del Espíritu Santo.  Nuestra vida y nuestro trabajo podrán aparecer así bajo una luz nueva; podremos renovar nuestra disponibilidad al Espíritu y quebrar la rutina en la cual la costumbre y la comodidad pudieran habernos instalado.  Una oración prolongada así puede tener la intensidad suficiente para reavivar la llama del amor y compromiso con el Señor, que suele vacilar.  De la misma manera, en días de recogimiento, renovamos periódicamente la entrega de nosotros mismos.

 32.       No somos sólo nosotros los que oramos, sino el Espíritu del Señor ora en nosotros. Como obreros que anuncian el reino, necesitamos volver con frecuencia a los pies del señor y escucharle aún con mayor atención.

 




CONSTITUCIÓN  4


La Fraternidad



33.       Nuestro llamado es para servir al Señor Jesús en la misión, no como individuos independientes, sino como fraternidad. Nuestra vida comunitaria aviva la fe que hace de nuestro trabajo un ministerio y no meramente un empleo; nos fortifica por el ejemplo y aliento de nuestros hermanos, y nos protege de agobiarnos o desalentarnos ante la obra a realizar.

 34.    Estrechamos nuestros lazos de fraternidad viviendo juntos en comunidad. Si no amamos a nuestros hermanos a quienes vemos, no podemos amara a Dios a quien no vemos.  Nuestra vida en comunidad da una expresión directa y tangible de lo que profesamos por nuestros votos: la comunidad local es para nosotros el lugar donde compartimos la fraternidad, los bienes y los esfuerzos mancomunados del celibato, la pobreza y la obediencia.

 35.       Habitualmente deseamos vivir en el seno de una comunidad local, ordinariamente constituida como casa religiosa. Donde las formalidades de una casa con esas características no sean aplicables, la comunidad constituye entonces una residencia.

 36.       Si por necesidades de la misión, de estudios o de salud, la Congregación dispone asignar a un miembro a vivir fuera de una casa religiosa, tanto el individuo como la comunidad deben hacer esfuerzos para asegurar el acceso del religioso a la compañía fraterna de la comunidad, haciéndole miembro no residente de una comunidad local cercana, o miembro activo de una agrupación regional  si por cualquiera otra razón, el provincial, con el consentimiento de su consejo, y habiendo notificado al superior general, permite a un miembro residir fuera de una casa local o residencia, esta autorización no puede extenderse más allá de un año.

 37.   La comunidad debe ocuparse deliberada y delicadamente de sus miembros enfermos, o atribulados, o que se ausentan con frecuencia. Debemos tener comunidades para recibir y proveer a los miembros que se jubilan o experimentan quebrantos de salud. Nos reunimos como comunidad para ungir a un hermano amenazado por una enfermedad o lesión grave, o impedido por la edad avanzada; imploramos en la oración la recuperación de su salud corporal y la generosa perseverancia de su espíritu. Y cuando nos toque morir, necesitamos saber que aún en ese trance la comunidad nos sostiene, puesto que somos recordados aún más intensamente en sus oraciones.

 38.       Toda comunidad local tiene un superior que la preside y gobierna, y un consejo que le asesora en sus deliberaciones y decisiones.  Sin embargo, el bienestar compartido de una casa se beneficia por la deliberación colectiva de todos sus miembros.  Por esta razón, el superior debe convocar periódicamente a la comunidad para considerar, a la luz del evangelio de Cristo, su vida común y su misión. Este capítulo local servirá para la comunidad. Sus deliberaciones incluirán las preocupaciones pragmáticas de la vida diaria, pero deben ser también un medio para que hombres de fe indaguen juntos la vida espiritual, no sea que hablemos menos de lo que nos importa más.

 39.    Somos hombres de trabajo. Necesitamos también revitalizarnos después del trabajo. Cada comunidad local debe proporcionar alguna medida de privacidad doméstica, donde podamos sentirnos en casa entre nosotros, y encontrar un espacio de silencio propicio para la oración, la recreación, el estudio y el descanso.

 40.       Quienes nos estiman y se afanan por el reino esperarán de nosotros un modo de vida modesto y sencillo. De ahí que nuestras comunidades locales deben ser generosas en continuar nuestra tradición de hospitalidad para con los hermanos de la Congregación, los que trabajan con nosotros, nuestros parientes y vecinos, y los pobres que no tienen quien les reciba.  Nuestra generosidad será medida por la sinceridad, sencillez y delicadeza de nuestra cogida.  Pero compartiremos lo mejor de nosotros viviendo unidos como hermanos.

41.       Como hombres que comparten sus vidas en comunidad, llegamos a conocernos unos a otros en forma muy cercana.  A veces nuestras faltas y defectos harán de nosotros una prueba para los demás.  El resentimiento, las incomprensiones y las diferencias de opinión pueden perturbar, y ocasionalmente de hecho perturban, la paz de nuestra comunidad. Por esto, la corrección fraterna y el pedir disculpas son parte de nuestra vida, como lo es la reconciliación franca y a la vez discreta. Así, nuestros mismos fracasos pueden ser transformados por la gracia de Dios en una camaradería más estrecha.

 42.       Es esencial a nuestra misión el que permanezcamos tan avisadamente unidos, que la gente diga: ”Ved cómo se aman”.  Así seremos un signo en un mundo enajenado: hombres que por amor a su Señor han llegado a ser los prójimos más cercanos, amigos de fiar, hermanos.

 
 


CONSTITUCIÓN  5

Consagración y compromiso


 

43.       Por los votos de celibato, pobreza y obediencia consagrados, aceptamos el llamado del Señor a comprometernos pública y perpetuamente como miembros de la Congregación de Santa Cruz. Grande es el misterio y significado que encierran estos votos. Sin embargo, apuntan a algo simple.  Son un acto de amor hacia el Dios que nos amó primero. Por medio de nuestros votos, somos llamados a una singular intimidad con Dios, a una dependencia confiada en Dios y a una pronta entrega a Dios. Queremos así vivir a imagen de Jesús, que fue enviado por amor a anunciar el reino de Dios y que nos invita a seguirlo.

44.    Profesamos los votos por causa de esta misma misión de Jesús. Por el celibato consagrado queremos amar con una libertad, apertura y disponibilidad que puedan ser reconocidas como signo del reino. Por la pobreza consagrada buscamos compartir la suerte y unirnos a la causa de los pobres, confiando que Dios nos proveerá lo que necesitemos. Por la obediencia consagrada nos unimos a nuestros hermanos en comunidad y a toda la Iglesia en la búsqueda de la voluntad de Dios. No pensamos que quienes se comprometen de otras maneras al seguimiento de Jesús servirán menos al prójimo.  Al contrario, encontramos en ellos dispuestos y complementarios socios en la misión compartida.  Queremos que nuestros votos, fielmente vividos, sean testimonio y llamado para ellos,  así como el compromiso de ellos fielmente vivido, son testimonio y llamado para nosotros.

 45.       A la vez, a través de estos votos, nos comprometemos a ser signos proféticos.  Somos peregrinos en este mundo, anhelando la venida de la nueva creación a la vez que procuramos ser administradores de esta tierra. Dios ha provisto al mundo con sus dones, pero a menudo estos dones son adorados mientras se  ignora a quien los donó.  Queremos vivir nuestros votos de tal forma que cuestionen las fascinaciones de nuestro mundo: el placer, la riqueza y el poder. los profetas al servicio del reino hablan y actúan en el mundo como compañeros del Señor.  Pedimos que podamos vivir nuestros votos con tal fidelidad que den un testimonio y servicio proféticos.

 46.       Nuestros votos nos unen como comunidad. Nos comprometemos a compartir unos con otros lo que somos, lo que tenemos y lo que hacemos. Por ello formamos una comunidad, como lo hacían los primeros que creyeron en la resurrección del Cristo y fueron poseídos por su Espíritu. Todo el grupo de creyentes estaba unido, de alma y corazón. Ninguno reclamaba como propia ninguna posesión, pues todo lo que tenían era para todos. Con una sola mente compartían la misma enseñanza, una vida común, el partir el pan y la oración.

 47.       Por nuestro voto de celibato nos comprometemos a buscar la unión con Dios en castidad de por vida, renunciando para siempre, por causa del reino, al matrimonio y la paternidad.  También prometemos lealtad, compañía y afecto a nuestros hermanos en Santa Cruz. La apertura y disciplina en la oración, la ascética personal, el servicio misericordioso y el amor dado y recibido en comunidad, son ayudas importantes para vivir generosamente este compromiso.  Es nuestra esperanza y nuestra necesidad el vivir bendecidos por leales y afectuosas relaciones con amigos y compañeros en la misión, relaciones que reflejan la intimidad y apertura del amor que Dios nos tiene.

 48.       Por el voto de pobreza nos sometemos a las directivas de la autoridad de la comunidad en el uso y disposición de los bienes, puesto que nos comprometemos a tener nuestros bien en común y a compartirlos como hermanos.  Toda remuneración por servicios prestados, toda donación, ingreso o beneficio, son recibidos para compartir y disponer en comunidad. En todo esto, esperamos que la bolsa común sea expresión de verdadera confianza de los unos con los otros en Santa Cruz, y libere nuestros corazones para que sean poseídos por el Señor.

 49.       Al mismo tiempo, por este voto renunciamos al uso y goce de nuestros propios bienes materiales. Aunque cualquiera de nosotros puede tener o adquirir bienes propios, nos desapegamos de ellos dejando a otros su administración, su uso y sus beneficios. Se presumen personales las herencias, los legados y donaciones que, según su naturaleza o según la intención del donante, están destinados a ser propiedad personal de un miembro de la comunidad. Para aceptar una herencia o legado, o renunciar a ellos, se requiere permiso del superior local o director de la residencia. En lo que toca a las donaciones, este permiso se requiere solamente para su aceptación. Si un miembro en votos perpetuos desea renunciar a la totalidad o a parte de sus bienes, debe obtener permiso del superior general y conformarse a las disposiciones del derecho civil.

 50.       Por nuestro voto de obediencia nos comprometemos a adherir fielmente a las decisiones de los que tienen autoridad en Santa Cruz, según las Constituciones; también debemos obediencia al Papa. Renunciamos al ejercicio independiente de nuestra voluntad para unirnos a los hermanos en un discernimiento común de la voluntad de Dios, tal como se manifiesta en la oración, la reflexión comunitaria, la Sagrada Escritura, la guía del Espíritu en la Iglesia y en el clamor de los pobres. Este voto incluye la totalidad de nuestra vida en Santa Cruz, y a través del él esperamos descubrir y aceptar la voluntad de Dios con más seguridad.

 51.       Nuestros votos no sólo nos vinculan en comunidad; deben marcar nuestra vida en comunidad. Un amor abierto, hospitalario y generoso debe caracterizar nuestras casas y nuestro servicio. Como Congregación, y en cada una de nuestras comunidades locales, no comprometemos al uso de pocos bienes y a una vida sencilla. En el discernimiento del llamado de Dios somos  una fraternidad al servicio de la Iglesia universal bajo la dirección pastoral del Papa.. a la vez que respondemos a las necesidades de las Iglesias locales donde vivimos o trabajamos.  En lo que concierne al culto, al ministerio pastoral y a nuestro trabajo por la venida del reino, nos sometemos a la autoridad pastoral de los obispos.

 52.       Vivimos nuestra consagración en muchas tierras y culturas diferentes. Nuestro compromiso es el mismo dondequiera que estemos, pero buscamos expresarlos de una manera que tenga raíces y sea enriquecido por los varios contextos y culturas en que  vivimos. De este modo, esperamos hacer nuestro testimonio y servicio más eficientes para el reino.

53.       Cuando profesamos nuestros votos públicos, decimos lo siguiente:

 Yo, (nombre),
me presento ante Jesucristo,
el Hijo de Dios y mi Señor,
en la asamblea de su Iglesia,
y en medio de la Congregación de Santa Cruz
y ante ti, (nombre y oficio de la persona que recibe los votos),
para profesar mi dedicación y mis votos. Creo que he sido llamado por el Padre
y conducido por el Espíritu

a ofrecer mi vida y mi trabajo al servicio del Señor
para responder a las necesidades de la
iglesia y del mundo.
por lo tanto, hago a Dios para siempre (por … año[s])
los votos de castidad, pobreza y obediencia,
según las constituciones de la Congregación de Santa Cruz.
Dios, que me permite e invita a tomar este compromiso,
me fortalezca
y proteja para serle fiel.

 54.       El religioso que pronuncia los votos puede someter a la aprobación del provincial o su delegado modificaciones a esta fórmula, excepto en la parte en cursiva, que debe permanecer invariable.

 55.      Nuestro llamado a servir y dar testimonio abiertamente otorga a nuestra consagración su carácter público. Es conveniente, por lo tanto, que seamos ordinariamente vistos y reconocidos como miembros de la Congregación. En conformidad con las costumbres de la Iglesia local y las decisiones de los capítulos provinciales, usamos un traje apropiado a un religioso.  El símbolo de la Congregación, la cruz y las anclas, se  usa para identificarnos como miembros de Santa Cruz.

 



CONSTITUCIÓN  6

Formación y Transformación



56.       Los discípulos seguían al Señor Jesús en su ministerio de proclamar el reino y sanar a los afligidos.  Jesús también pasaba largos períodos a solas con sus discípulos hablándoles de los ministerios del reino y formándolos para que también pudieran ser enviados a su misión.  Más tarde volverían, para oír sus comentarios y para escucharlo más profundamente en razón de lo que habían experimentado.  Más tarde aún fueron visitados por el fuego del Espíritu, que transformó su comprensión de cuanto Él les había enseñado. Nosotros también somos enviados a su misión como personas formadas, que sin embargo están de por vida necesitando nueva formación para su servicio.

57.       Pronunciamos nuestros votos en un instante, pero vivirlos por causa del reino es obra de toda una vida.  Ese cumplimiento requiere de nosotros más que un mero deseo; más todavía que una firme decisión. Requiere la conversión de nuestros hábitos, nuestro carácter, nuestras actitudes, nuestros deseos.

 58.       Así sucede con nuestro compromiso como cristianos. Nuestra consagración por el bautismo es la partida en un camino que exige de nosotros, como de todo su pueblo, ser reformados por la gracia creadora del Señor, una y otra vez. Así sucede también con nuestras vidas en una comunidad religiosa: debemos formar en nosotros, según Dios lo conceda, la semejanza viva de Jesucristo.

 59.    El camino comienza antes de nuestra profesión y termina sólo con nuestra resurrección. Quisiéramos ser creados de nuevo, hasta el punto de poder decir: “Ya no soy el que vive, sino Cristo que vive en mí”. Es el Señor quien nos concede el querer y el obrar. De nuestra parte, debemos someternos a la sabiduría y la disciplina que nos purificará de nuestro egoísmo, y nos hará darnos de todo corazón al servicio de su pueblo.

 60.       Nuestra experiencia en Santa Cruz es exigente.  Es también gozosa. Y, por lo tanto, debería brindarnos una vida a la que gozosamente podaríamos invitar a otros. El llamado del Señor será escuchado en la constancia de nuestro testimonio evangélico, en la compañía que nos ofrecemos mutuamente, en la alegría con que servimos sin medir el costo y en la sincera bienvenida que en forma abierta damos a los que se nos unan. Si somos felices en nuestra vocación, la compartiremos con los demás.

 61.       Los candidatos que llegan a la Congregación merecen de nuestra parte el cultivo de su madurez, fe, generosidad, conocimiento y capacidad para vivir en comunidad.  Junto con ellos, evaluamos su carácter y su crecimiento como cristianos, y discernimos y les ayudamos a discernir si están dispuesto y capacitados para dar el paso de unirse a nuestra Congregación. La duración de su programa de formación es determinada por el provincial, y es él quien acepta candidatos al noviciado.

 62.     El noviciado es el comienzo de la vida en la Congregación.  A los novicios se les ayuda a formarse a sí mismos en la meditación y la oración, en los servicios mutuos de la vida común, en el servicio apostólico y en el conocimiento de la historia y la espiritualidad, carácter y misión de Santa Cruz. En suma, se les desafía y ayuda a abrir sus corazones al evangelio, a vivir bajo el mismo techo con otros y a crear una fraternidad de discípulos.  El noviciado es su aprendizaje en el celibato, la pobreza y la obediencia. El director o maestro de novicios, designado por el provincial y bajo su autoridad, tiene la entera responsabilidad personal de la formación de los novicios.

 63.     El provincial verifica las cualidades que los candidatos deben poseer para ser válidamente admitidos, y los admite con el consentimiento de su consejo. El mismo provincial determina la fecha y la manera en que ha de comenzar el período de noviciado.

 64.       El noviciado tiene lugar en una casa designada por el superior general con el consentimiento de sus asistentes. La duración del noviciado es de al menos doce meses en la casa del noviciado, y de no más de dos años, incluyendo breves periodos de ministerio activo. Las ausencias se rigen por el derecho canónico. El noviciado concluye con la primera profesión de votos temporales, a la cual el novicio es admitido por el provincial.  Sus votos son recibidos por el provincial o su delegado, y así sucede con las posteriores profesiones, a menos que los reciba el superior general.

 65.     Antes de su profesión, el novicio dispone libremente de la administración de sus bienes en manos de quien lo desee, y dispone de su uso y beneficio por toda la duración de sus votos.  Este acto debe hacerlo por escrito, en forma válida ante la ley civil, y con la estipulación de ser revocable.

 66.       Ningún candidato admitido al noviciado como miembro de una de las dos sociedades de santa Cruz puede cambiarse a la otra sociedad sin el acuerdo de (los) superior(es) involucrado(s), quien(es) debe(n) contar con el consentimiento de su consejo, y con el permiso del superior general concedido con el consentimiento de sus asistentes.

 67.       A la primera profesión de votos sigue ordinariamente un programa de formación que envuelve a los nuevos miembros en más estudios y aprendizaje orientados a la forma de servicio apostólico que eventualmente adoptarán y a las necesidades de nuestra misión. A todos los miembros se les proporciona formación teológica y pastoral para el ministerio laical u ordenado. Se les anima a reflexionar sobre su experiencia pastoral, comunitaria y de vida a la luz del evangelio y de la investigación teológica sistemática. Se les conduce también a una profundización de su vida espiritual y de oración, especialmente a través de una regular dirección espiritual. En este período, la madurez, buen juicio y generosidad requeridos para la misión son cultivados y evaluados. Así, cada vez que el provincial admite a un miembro a renovar su profesión, se reafirma nuestro aprecio de su crecimiento hacia un carácter sólidamente humano, explícitamente cristiano, y mejor dispuesto para toda una vida en Santa Cruz.

 68.       El período de formación inicial en votos temporales posterior al noviciado dura al menos tres años y ordinariamente no comprende más de seis años. Puede ser extendido en casos particulares por el provincial por otros tres años. Concluye con la profesión perpetua de votos, a la cual el miembro es admitido por el superior general. Esta profesión es precedida por un tiempo de preparación inmediata determinada por el provincial.

 69.       Antes de la profesión perpetua el religioso hará un testamente válido ante la ley civil por el cual dispone de todos sus bienes presentes y futuros. Cualquier cambio de este testamento o de su previa cesión de administración y disposición de los frutos de sus bienes requiere el premiso del provincial. El permiso del superior local o director es suficiente para cambiar el testamento cuando la urgencia de la situación no permita recurrir al provincial, para actos ordinarios exigidos por la ley civil, y para la disposición de los bienes propios. Si un religioso deja la comunidad, la cesión de administración queda nula por ese sólo hecho, y se le devolverá su testamento.

 70.       Quienes llegan a nosotros procedentes de otros institutos religiosos, si son profesos perpetuos, siguen un programa de al menos tres años, determinado por el provincial en conformidad al derecho canónico.

 71.       A todos se les debe proveer la oportunidad de la mejor formación pastoral y teológica, y de educación superior que sea apropiada, y que, como comunidad comprometida a la pobreza, seamos capaces de dar. Todos en la Congregación deberían, en pro de su ministerio y de sí mismos, cultivar una mente crítica y bien formada, ampliada por su propia experiencia y reflexión; por lo tanto, a ninguna edad podemos dejar de lado una mayor educación sistemática o experiencial, una educación continua.

 72.       A los miembros en formación inicial deberíamos darles acceso a las ventajas específicas de pertenecer a la Congregación de Santa Cruz.  Somos una comunidad de clérigos y laicos regidos por votos. La iniciación de los miembros de cada sociedad será más completa si tienen alguna experiencia de la otra sociedad. Estas ventajas serán aún más accesibles si existen programas de formación en los cuales cooperan las sociedades y provincias, y  donde fuera posible, nuestras hermanas en Santa Cruz.  Además, puesto que somos una Congregación internacional, es ventajoso para todos que algunos puedan recibir una parte de su formación en otras provincias o distritos o culturas.

 73.       Durante la formación inicial, debería proveerse la oportunidad supervisada de experimentar directamente la vida, sufrimiento y esperanzas de los pobres. También debería ofrecerse esta oportunidad como parte de la formación continua. Esta puede ser una experiencia tanto formativa como transformante para los religiosos de todas edades.

 74.       La formación inicial es supervisada y proporcionada principalmente por miembros de la Congregación que tengan votos perpetuos. El personal de una casa de formación comparte con el superior la responsabilidad del progreso de todos los miembros que están en el programa. Quienes comparten esta responsabilidad debieran ser eficientes educadores en la fe, tener una amplia experiencia de la vida y ministerio en Santa Cruz y estar preparados adecuadamente para sus tareas. Han de trabajar en conjunto como equipo y vivir en la misma comunidad con los que están en formación. Lo programas de formación se estructuran de modo que permitan a cada persona asumir la responsabilidad correspondiente su propia formación, y así puedan él y la Congregación discernir la realidad de su vocación.

 75.       Al terminar la formación inicial, termina la supervisión propia de ese período, el miembro deja de tener supervisión regula. Sin embargo, es precisamente en este tiempo de transición a una mayor autonomía, cuando nos sentimos menos obligados a rendir cuenta de nuestras vidas apostólicas, comunitarias y personales, cuando formamos hábitos de larga duración. Las provincias toman medidas para que realmente continúe la formación en la vida y trabajo de sus miembros durante esta transición.

 76.       Se piensa frecuentemente que nuestra formación es más extensa cuando somos principiantes. Pero, a menudo, nuestras experiencias más radicales y formativas nos sorprenden ya avanzados en la edad adulta. En verdad, cuando hemos recorrido el camino de la experiencia y responsabilidad adultas, podemos entender y aceptar mejor un auto examen profunda, el cuestionamiento de nuestras arraigadas suposiciones y ambiciones y una mayor iniciación en Cristo. Una manera muy útil de compartir esa formación permanente la constituyen los programas de renovación continua en la comunidad.

 77.       La formación a lo largo de toda la vida es un crecimiento de por vida. El examen de conciencia, como ayuda diaria al autoconocimiento y al gobierno de sí, nos permite descubrir de qué modo hemos tenido buen éxito o nos quedamos cortos tanto en nuestra vida común como en nuestra misión. En la confesión sacramental, practicada con frecuencia apropiada, se nos da una gracia todavía más poderosa, por la cual cada uno de nosotros abre su conciencia al Señor, al ministro del Señor, y a sí mismo, y encuentra en ella la reconciliación con su prójimo y el perdón del Señor que dio su vida para que no se perdiera ninguno de nosotros. La dirección espiritual se hace aún más ventajosa a medida que envejecemos en la Congregación, porque según avanzamos en edad y responsabilidad en nuestro trabajo, resulta más difícil dar cuenta honestamente a nosotros mismo, en la presencia de Dios, de lo que hacemos de nuestra vida, y por qué. Todas estas prácticas son parte de la formación ordinaria y deseable durante todo el curso de nuestras vidas. Y todas nos ayudan a fijar nuestras mentes y corazones más atenta y más generosamente en el Señor y en nuestro servicio a su pueblo.

 78.       No obstante nuestra preocupación de que cada sacerdote y hermano en Santa Cruz se beneficie de una continua formación en Cristo, sabemos que algunas de las transformaciones más decisivas son un don gratuito que Dios otorga, no cuando nos conformamos a su voluntad, sino cuando le hemos fallado gravemente. Para unos la crisis puede venir en la forma de un quebranto psíquico, un fracaso en alguna de las transiciones de la vida; para otros, puede ser una larga trayectoria de autoindulgencia y engaño de sí mismo, que termina en un colapso. Sea cual sea la manera en que se desintegren los beneficios adquiridos en nuestra formación, sea cual sea la manera en que se desintegren los beneficios adquiridos en nuestra formación, sea cual sea la manera en que caigamos, necesitamos la positiva confrontación y delicado apoyo de nuestros hermanos para rehabilitarnos. Algunos de los más sabios y fuertes entre nosotros han surgido, por la gracia de Dios, de esta manera.  De modo semejante, Pedro pasó a ser el discípulo fiel y confiable del señor, no cuando lo seguía en Galilea, sino después que lo negó y lloró.  Tuvo la oportunidad entonces, no de volver a ser lo que había sido, sino de servir como nunca había servido.

 79.       Así llegamos a saber que la formación y transformación son dones del señor y que podemos, como comunidad, ayudarnos unos a otros a recibirlos.

 



CONSTITUCIÓN  7

Autoridad y Responsabilidad



80.       No puede haber comunidad entre nosotros a menos que nuestra vida común y misión estén gobernadas por deliberaciones y decisiones que nos lleven a todos a una unidad de pensamiento, sentimiento y acción. Todos estamos obligados a esas deliberaciones y decisiones, como quienes se han comprometido a la obediencia, tanto para contribuir como para responder a ellas.

 81.       Cada uno de nosotros debe ser responsable de la conformidad de nuestras vidas la evangelio y de la armonía de nuestros ministerios con la misión de Cristo. Sea en los capítulos o en los consejos, o como individuos, tenemos la obligación para con nuestros hermanos en religión de mantener un franco y respetuosos intercambio sobre las decisiones que deben tomarse y que nos afectan a todos, el Espíritu del Señor puede escoger a cualquiera de nosotros para decir las verdades que todos necesitamos oír.  Nuestro mismo voto de obediencia obliga a cada uno a asumir la responsabilidad apropiada por el bien común.

 82.       La autoridad es entre nosotros un ministerio y se inviste en nuestros superiores, quienes actúan de acuerdo a nuestras constituciones y estatutos. Ellos suscitan y a la vez se abren al diálogo entre los miembros, presiden el proceso de llegar a un consenso, si es posible, y velan por que se tomen decisiones. Ya sea que actúe según su propio parecer, o después de consultas, o con el requerido consentimiento de otros, un superior debe tomar las decisiones que mejor pueda sostener en conciencia.

 83.       La primera obligación de un superior es la de predicar y dar testimonio del evangelio a sus hermanos. Debe poner ante nuestra vista el llamado del señor y guiarnos en una respuesta comunitaria e individual. Debe también convocarnos al cumplimiento de nuestros compromisos como miembros de Santa Cruz.

 84.       El superior debe también presidir. Cada miembro es responsable del bien común, pero es tarea del superior suscita este sentido de responsabilidad comunitaria en cada uno de nosotros. El hace entrar nuestras contribuciones individuales a la unidad con las de otros, en bien de nuestra común misión de vida.

 85.       El superior es también un pastor encargado del bienestar físico y espiritual de cada miembro. Nos debe aliento, gratitud, corrección, solicitud y todo lo que podamos necesitar. Con tacto y prudencia cuida del bienestar total de cada persona y del de la comunidad.

 86.       Una comunidad local es establecida por el provincial de acuerdo a las normad del capítulo provincial. Esas normas tomarán en cuenta las necesidades de la bolsa común, la mesa común y la oración común.

 87.       Las casas son erigidas por el provincial con el consentimiento del obispo diocesano dado por escrito, y pueden ser suprimidas por el superior general después de consultar al obispo. Las residencias pueden ser suprimidas por el provincial.

 88.       La comunidad local está bajo la autoridad de un superior, o, si no llena los requisitos para una casa religiosa, de un director.  Estos son nombrados por el provincial, depuse de haber consultado a la comunidad local, y deben haber estado en votos perpetuos por lo menos un año. Los superiores son nombrados por tres años, y la renovación de su nombramiento más allá de un segundo período requiere el consentimiento del superior general. Los directores ejercen autoridad delegada en nombre del provincial y son nombrados por períodos variables, aunque ordinariamente por no más de seis años consecutivos.

 89.       El superior o director es asistido por un consejo local que da su parecer y su consentimiento. En las comunidades más grandes, el consejo local se compone de tres miembros, a lo menos. En las comunidades más pequeñas, todos los miembros puede formar el consejo.  Los consejeros sirven por períodos coextensivos con el del superior y pueden ser elegidos para períodos consecutivos. Deben ser miembros de votos perpetuos. En casos excepcionales, un miembro que haya estado en votos temporales por al menos cuatro años puede ser designado, aunque no elegido, consejero. Sin embargo, no podrá desempeñar el cargo de asistente del superior o director. En una casa que tenga miembros de ambas sociedades en proporciones importantes, cada sociedad deberá estar representada por un miembro del consejo, al menos.

 90.       El distrito es un sector de una provincia que está fuera o adentro de las fronteras geográficas de ésta, pero bajo su jurisdicción. Posee la autonomía necesaria para desarrollar su vida común y sus ministerios, y se gobierna por estatutos establecidos por el capítulo provincial.  Es erigido o suprimido por el capítulo provincial, con la aprobación del superior general.

 91.       El superior de un distrito es elegido o nombrado, según los estatutos del distrito, por un período de tres años, renovables consecutivamente no más de dos veces. Debe haber profesado perpetuamente al menos tres años antes.  Es asistido por un consejo de al menos tres miembros, si el distrito incluye una proporción substancial de miembros que pertenecen a una sociedad menos números, cada sociedad debe ser representada en el consejo por, al menos, un miembro.

 92.       Derogado por el Capítulo General.

 93.       Una provincia es un sector de la congregación que tiene un alto grado de autonomía. Es erigida por el capítulo general y está bajo la autoridad de un superior provincial.  Comprende un número de casas locales y miembros, fuentes de financiamiento suficientes para mantener y desarrollar sus ministerios, promoción vocacional, formación y vida común. Aunque una provincia actúa bajo la dependencia del superior general y en colaboración con las otras provincias, tiene autonomía en materia de su vida común y participación en la misión de la Congregación.

 94.    Las provincias son homogéneas o mixtas; esto es, compuestas por miembros de una sola sociedad, sacerdotes o hermanos; o por miembros pertenecientes a ambas sociedades.

 95.       La más alta autoridad en una provincia reside en el capítulo provincial, el cual debe discernir y decidir sobre las cuestiones más importantes referidas al bien común. A no ser que, por circunstancias especiales, el superior general haya dispuesto un método alternativo para la composición del capítulo, éste está compuesto de capitulares ex officio, a saber; el provincial, quien preside; el asistente provincial; los superiores de distrito; los consejeros provinciales que han sido elegidos y, a no ser que el capítulo provincial precedente haya dispuesto lo contrario, los consejeros provinciales designados, y de capitulares elegidos por los miembros de la provincia. Los capitulares elegidos deben ser más numerosos que los ex officio.  En una provincia mixta, los delegados son elegidos por y de las dos sociedades en proporción al número de miembros con voz activa de las respectivas sociedades.

 96.       El capítulo provincial se reúne ordinariamente cada tres años. Debe analizar el estado de la vida común y la misión en la provincia, determinar las principales políticas para el futuro, elegir a los titulares de los cargos y a los delegados dentro de su competencia, y erigir los distritos y supervisar su desarrollo. Para actuar válidamente requiere la presencia de los dos tercios de los capitulares.

 97.       La provincia es guiada y gobernada por un provincial, quien tiene autoridad personal sobre todos los miembros y casas. Es elegido por el voto de los dos tercios del capítulo provincial, o por un método alternativo, tal como se provee en los estatutos. Su elección es confirmada por escrito por el superior general. Puede también ser designado por  un período de seis años, y puede ser elegido o designado por un período consecutivo de tres años.  Debe haber estado en votos finales por al menos cinco años. En caso de que deseara renunciar al cargo, debe primero consultar a sus consejeros, y, luego, debe presentar su renuncia al superior general. Si el cargo queda vacante, el provincial asistente pasa a ser provincial subrogante. El superior general, después de consultar a los miembros de la provincia, ordena al superior subrogante que llame a una elección, o bien lo designa como provincial hasta el próximo capítulo provincial.

 98.       El consejo provincial se compone de al menos cuatro miembros, dos de los cuales son elegidos por el capítulo provincial.  Después de recibir las recomendaciones del provincial, el superior general nombra a los otros consejeros y confirma la designación hecha por el provincial del asistente, del secretario, y la determinación del orden de precedencia de los consejeros. Todos sirven por un período de tres años. El provincial asistente es vicario del provincial. Si un consejero pretende renunciar, deberá consultar primero al provincial y luego someter su renuncia al superior general.

 99.       La autoridad más alta de la Congregación reside en el capítulo general, que debe discernir y decidir las cuestiones más importantes relativas al bien común y regular las relaciones entre las sociedades y las provincias. Como capitulares ex officio, incluye al superior general, que lo preside, los asistentes del general, y los superiores provinciales. El número de capitulares elegidos excede al de los capitulares por virtud de su oficio. Los capitulares son elegidos por y de entre las sociedades de manera paritaria, de tal modo que las sociedades están representadas por igual número de capitulares, excluyendo al superior general.  El superior general se reúne y vota con ambas sociedades cuando éstas actúan separadamente.

 100.     El capítulo general se reúne ordinariamente cada seis años. Le corresponde analizar el estado de nuestra vida común y misión, promover y resguardar la herencia de la Congregación, revisar y enmendar los estatutos, emitir decretos, recomendaciones y declaraciones, elegir al superior general, y erigir, dividir o suprimir provincias. Se requiere la presencia de dos tercios de los capitulares para que los actos del capítulo sean válidos.

 101.     La Congregación es guiada y gobernada por el superior general, quien tiene autoridad personal sobre todas las provincias, casas y miembros. Es elegido por dos tercios del capítulo general, por un período de seis años, o hasta el próximo capítulo general ordinario, y puede ser elegido por otro período consecutivo.  Deberá ser sacerdote y haber profesado perpetuamente al menos diez años antes.  Si su cargo queda vacante, el primer asistente convoca un capítulo general extraordinario dentro de seis meses para elegir un superior general para lo que queda del período.  Con el consentimiento de los otros asistentes, puede esperarse el próximo capítulo general ordinario, si éste aconteciera dentro de un año. En el entretanto, el primer asistente actúa como superior general subrogante; los actos que requieran órdenes sagradas son ejecutados por el primer asistente sacerdote.

 102.     Si el superior general creyera su deber renunciar a su cargo mientras lo está ejerciendo, deberá consultar a los asistentes generales y luego presentar la renuncia a la Santa Sede, a menos que un capítulo general extraordinario se encuentre en sesión en ese momento.  Sólo la Santa Sede puede deponer al superior general.

 103.     El superior General es asistido por un consejo general compuesto de cuatro o seis miembros. Los dos primeros asistentes son elegidos por el capítulo general, mientras que los otros son designados por el superior general conforme al Estatuto 103 a.   Todos desempeñan sus cargos por plazos coextensivos con el del superior general.  Los asistentes observan precedencia alternativamente por sociedad; perteneciendo siempre el primer asistente a la sociedad que no es la del superior general.  El primer asistente es vicario del superior general.  El secretario general y el ecónomo general son designados por el superior general y están bajo su autoridad.

 104.     El consejo de la Congregación es un cuerpo consultivo cuyos miembros son el superior general, que lo preside y quien convoca sus reuniones, sus asistentes, los superiores provinciales, y, según se provee en los estatutos, los superiores de distrito. Se puede invitar a otras personas. El consejo se ocupa del curso de la vida y misión de la Congregación. Proporciona además al superior general informaciones más amplias para facilitar su tarea de unificar la planificación de la Congregación, especialmente en lo tocante a nuevas obras internacionales y nuevas fundaciones.

 105.     La voz activa, o derecho a voto en elecciones, pertenece a todos los miembros de la Congregación que sean profesos perpetuos, o que hayan profesado por lo menos cuatro años. El capítulo provincial puede extender voz activa plena o limitada a otros miembros.

 106.     La voz pasiva, o derecho de ser elegido a algún cargo, pertenece a todos los miembros de la Congregación que sean profesos perpetuos, según lo previsto en las constituciones y estatutos.

 107.     Cuando el provincial es un hermano, todo los actos que supongan orden sagrado o jurisdicción eclesiástica son realizados por el sacerdote que desempeñe la función de primer asistente o consejero, o bien son remitidos al superior general.

 108.     La Congregación en su nivel general, las provincias y casas locales tienen el derecho y la capacidad de adquirir, poseer, administrar y enajenar bienes materiales. Estos bienes se administran según las normas de los estatutos, decretos capitulares, derecho canónico y civil, y de acuerdo con la respectiva autoridad de los superiores más altos. Estos bienes deben ser administrados como bienes de una Congregación formada por quienes han hecho voto de pobreza y se han comprometido a la justicia social para los pobres de este mundo.

 109.     Si un miembro quiere separarse temporal o permanentemente de la Congregación, o si la Congregación estima necesario despedir a un miembro, deben observarse las normas del derecho canónico. Los separados legítimamente pueden ser readmitidos según las normas del derecho canónico.

 110.     Los estatutos de la Congregación pueden ser reformados por la mayoría absoluta del capítulo general.  Las Constituciones se modifican por el voto de los dos tercios del capítulo general con la aprobación de la Santa Sede.

 111.     Todos los miembros de la Congregación ratificarán y encarnarán su fidelidad al Señor y su fraternidad en  Santa Cruz por la observancia de estas constituciones con sincera e irrestricta obediencia.

  


CONSTITUCIÓN  8

La Cruz, Nuestra Esperanza

 

112.     El Señor Jesús nos amó y dio su vida por nosotros.  Pocos de entre nosotros seremos llamados a morir de la manera que Él murió. Sin embargo, todos debemos entregar nuestras vidas con Él y por Él. Si queremos ser fieles al evangelio, debemos tomar nuestra cruz todos los días y seguirlo.

 113.     La cruz estaba constantemente anta la vista de Basilio Moreau, cuyo lema para su Congregación fue Spes Unica: la cruz sería nuestra única esperanza.

 114.     Jesús hizo suyos el dolor y la muerte que el pecado causa. Aceptó el tormento, y a cambio nos dio la alegría. El nos envió a servir en medio del mismo pecado y dolor; debemos, por lo tanto, saber que también nosotros encontraremos la cruz y la esperanza que ella promete. El rostro de cada ser humano que sufre es para nosotros el rostro de Jesús que subió a la cruz para arrancar su aguijón a la muerte. Esa cruz y esperanza deben ser nuestras.

 115.     Luchar por la justicia y encontrar sólo obstinación, reanimar a los que desesperan, estar cerca de la miseria que  no podemos aliviar, predicar al Señor a aquellos que tienen poca fe o no quieren oír hablara de Él… nuestro ministerio nos recordará el sufrimiento de Jesús por nosotros.

 116.     Sacrificarse a sí mismo y ser sacrificado por las necesidades del prójimo; estar disponible y alegre como amigo en Santa Cruz, y dar testimonio mientras otros vacilan; cumplir con el deber cuando éste se ha transformado en una carga sin dar ninguna satisfacción… la comunidad también puede acercarnos la calvario.

 117.     Un trato injusto, la fatiga o frustración en el trabajo, el quebranto de la salud, las tareas que sobrepasan los talentos que se poseen, los períodos de soledad y la aridez en la oración, la actitud distante de los amigos, o la tristeza de haber infligido alguno de estos males a otros, todo esto nos dice que habrá que morir a sí mismo en el camino hacia el Padre.

 118.     Más, no nos afligimos como hombres sin esperanza, pues Cristo el Señor ha resucitado para no morir más. El nos ha incorporado al ministerio y a la gracia de esta vida que surge de la muerte. Si nosotros, como  Él, encontramos y aceptamos el sufrimiento en nuestro discipulado, nos movemos sin dificultad entre los que sufren. Debemos ser hombres que aportan esperanza. No hay fracaso que el amor del Señor  no pueda superar; no hay humillación; no hay ira que Él no pueda disipar, no rutina que no pueda transfigurar. Todo es consumido en la victoria. El Señor no tiene sino dones que ofrecer. A nosotros sólo nos toca descubrir cómo incluso la cruz puede ser llevada como un don.

 119.     La resurrección es para nosotros un acontecimiento cotidiano. Hemos velado ante personas que mueren en paz; hemos sido testigos de reconciliaciones maravillosas; hemos conocido el perdón de quienes abusan de su prójimo; hemos visto que el dolor y la derrota conducen a una vida transformada; hemos visto el despertar de la conciencia de toda una Iglesia; nos hemos maravillado ante la insurrección de la justicia. Sabemos que caminamos a la luz del alba de la Pascua, y que esta luz temprana nos hace anhelar su plenitud.

 120.     Junto a la cruz de Jesús estaba su Madre María, que conoció la aflicción y fue Señora de Dolores. Es nuestra especial patrona, una mujer que soportó muchas cosas que no entendía y que se mantuvo firme. Ella está hablando constantemente de esa cruz cotidiana y de su esperanza a sus numerosos hijos e hijas, cuyas devociones deberían siempre acercarles a ella.

 121.     Si cada uno de nosotros bebe del cáliz que se nos sirve y se nos da, nosotros los servidores no correremos mejor suerte que la de nuestro Maestro.  Pero si evitamos la cruz, se desvanecerá nuestra esperanza. Es en la fidelidad que una vez prometimos, donde encontraremos asegurados tanto el morir como el resucitar.

 122.     Las huellas de quienes nos llamaron a caminar en su compañía dejaron rastros profundos, como de quienes llevan pesadas cargas.  Más ellos nos e arrastraron; caminaron con vigor, porque tenían la esperanza.

 123.     Es el Señor Jesús quien nos llama:”Ven y sígueme”.





PROVINCIA DE LOS ESTADOS UNIDOS DE SACERDOTES Y HERMANOS